jueves, 30 de octubre de 2008

El primero, el último y el mejor...(parte 1 de 2)

Año '98, tercer año de secundaria. Se estaba definiendo el equipo que representaría al salón en el campeonato de fulbito de nuestra escuela. Aunque sabía que no era un dotado con el balón (era más rústico que Pedro Picapiedra XD), yo guardaba la esperanza de salir escogido siquiera entre los suplentes (los titulares eran conocidos por todos). Mi esperanza se fue diluyendo conforme se daba la lista de jugadores. Tal y como había ocurrido en años anteriores, el apellido Abón nunca fue mencionado.

Y entonces, ocurrió algo que hizo ese año distinto: Las reglas permitían que se armaran dos equipos por salón. Yo estaba emocionado con la idea, sin embargo mi alegría se convirtió en desazón al mirar a los que quedamos fuera de la primera elección: el "gordo" Marín (paquidérmico y gigantón compañero, siempre abusando de los más pequeños), el "lobo" beltrán (llamado así por su incipiente barba, aunque su tamaño no inspirara el más mínimo temor), mi amigo Vera (pocas veces lo había visto jugar, así que su nivel era una incógnita), el "chato" Mondragón (pericotero como pocos... y livianito como muchos), y yo, el "gran" Jesús Abón (al igual que Vera, era una incógnita...nadie sabía a qué jugaba XD). Habían algunos más, pero no los recuerdo.

Nos armamos de valor, y nos convertimos en el segundo representante del tercer año...todos apostaban al equipo de "los elegidos" (llamémosle así a los de la primera elección), eran los más altos, los más fuertes, y los mejores con el balón. De nosotros se esperaba solo mucha entrega, y que no nos golearan...y así fue. El primer partido de los elegidos fue contra cuarto año, una victoria fácil para los nuestros. Nosotros jugamos contra el segundo año, con una ventaja supuesta en cuanto a contextura y años (digo supuesta porque había muchos repitentes mayores que nosotros). Lo ganamos con un único y gritado gol del gordo Marín.

El campeonato era larguísimo, se jugaba durante el recreo, y duró casi 6 meses. Hasta que al final, al sumar todo el puntaje y goles obtenidos, dos equipos pelearían la sagrada copa del colegio "Mario Florián": El terrible y temido Quinto Año y...nosotros.

Increíblemente, el equipo de los "elegidos" se desinfló a mitad de campeonato, y nosotros no habíamos perdido ni un solo partido. Cada uno de los integrantes del equipo había aprendido a jugar con lo poco que teníamos: el "Gordo" Marín aprovechaba ahora su corpulencia desmedida para desbaratar defensas. El "Chato" Mondragón jugaba ahora para el equipo, y ponía la cuota de habilidad. El "Lobo" Beltrán era un pasador neto de pelota, nexo entre la defensa y el mediocampo.

¿Yo? Pues lo que no tenía de técnica lo compensaba con entrega: me hice defensa, aprendí a marcar sin falta, y había desarrollado una resistencia sobrehumana contra patadas y pelotazos al estómago, evitaba el gol con todo lo que podía: Con la cara, con el pecho, con el estómago...y un muy doloroso etc. (Continuará)

1 comentario:

Mery Gales dijo...

Hola Jesús, cada vez que puedo leo tus escritos, me parecen muy interesantes y me hacen sonreir, la vida de todos esta llena de colores, y todos nos hemos pintado con ellos.