viernes, 31 de octubre de 2008

El primero, el último y el mejor... (parte 2 de 2)

Y allí estábamos, en la final contra los más grandazos del cole, muchos con un historial terrible de juego sucio (uno de los "elegidos" terminó con la cabeza rota jugando contra ellos). Al darse el pitido inicial, a lo primero que atinamos fue a regresar corriendo el arco para evitar cualquier peligro...grave error. Les regalamos la mitad de la cancha y ellos respondieron con remates de larga distancia que chocaron en el palo muchas veces, y otras simplemente rebotaron en nuestro arquero.El primer tiempo acabó con un milagroso cero a cero.

En la reanudación, cambiamos el chip, y volvimos a ser el equipo aguerrido que había logrado llegar hasta la final. El partido se hizo de ida y vuelta, yo ya contaba (y sufría), un par de pelotazos despejados con el rostro. Y cuando ya las fuerzas comenzaban a abandonarnos, sucedió. La jugada del campeonato: Centro desde la banda hacia nuestra área, la despejé de cabeza y el rebote lo coge el "Chato" Mondragón, comienza a correr como un loco, driblea a uno, a dos, a tres; no había como pararlo, hasta que un malintencionado lo derriba desde atrás.

Era tarde, su pie derecho ya había enviado el pase con exquisita precisión a la posición del "Gordo" Marín, quien sin embargo se encontraba bien marcado por otro grandulón; de pronto, antes de que él balón llegara a su posición, apareció un fantasma corriendo desde la media cancha y, como dirigido por un ente divino, empalmó la pelota en una volea que se clavó en el ángulo izquierdo del portero rival, en un gol que aún se grita en el Olimpo. Era el "Lobito". Lo cargamos, gritamos, nadie le hacía caso al "Chato" que llegaba cojeando y enterrado, con los cabellos apuntando en todas las direcciones. Hasta los "Elegidos" gritaban. Faltaban tres minutos para que el partido culminara.

Y en esos tres minutos nos jugamos la vida en cada pelota, el juego bonito quedó de lado, y llegó el momento de los guerreros, a vencer o morir, patadas voladoras y codazos por doquier. De esa manera se estaba defendiendo el honor del tercer año. Hasta que sonó el silbato. Yo no corrí a celebrar, tenía miedo de que al hacerlo me despertara en el aula, aun esperando que me escogieran. Hasta que mi amigo Vera pasó corriendo a mi lado, junto al "Lobito", y me di cuenta de que era en serio ¡lo habíamos logrado!

La premiación fue otro momento de lujo, todos aplaudiéndonos mientras nos entregaban las medallas y el trofeo. Recuerdo que ningún familiar fue a verme y tuve que tomarme la foto solo, en cuanto a las felicitaciones en casa fueron más bien frías (siempre se prefirieron las diplomas a los trofeos), pero nada empañó mi alegría.

Nunca volvimos a ganar otro campeonato, y mucho menos llegamos a otra final con ese equipo. Por eso ese trofeo es el mejor, porque fue lo primero y lo último que gané jugando al fútbol, y porque los muchachos ignorados que salieron a la cancha el primer partido, no existían más. En su lugar, ocho guerreros regresaban a casa cargados de medallas, un trofeo y su hombría gritada al cielo en un gol.

jueves, 30 de octubre de 2008

El primero, el último y el mejor...(parte 1 de 2)

Año '98, tercer año de secundaria. Se estaba definiendo el equipo que representaría al salón en el campeonato de fulbito de nuestra escuela. Aunque sabía que no era un dotado con el balón (era más rústico que Pedro Picapiedra XD), yo guardaba la esperanza de salir escogido siquiera entre los suplentes (los titulares eran conocidos por todos). Mi esperanza se fue diluyendo conforme se daba la lista de jugadores. Tal y como había ocurrido en años anteriores, el apellido Abón nunca fue mencionado.

Y entonces, ocurrió algo que hizo ese año distinto: Las reglas permitían que se armaran dos equipos por salón. Yo estaba emocionado con la idea, sin embargo mi alegría se convirtió en desazón al mirar a los que quedamos fuera de la primera elección: el "gordo" Marín (paquidérmico y gigantón compañero, siempre abusando de los más pequeños), el "lobo" beltrán (llamado así por su incipiente barba, aunque su tamaño no inspirara el más mínimo temor), mi amigo Vera (pocas veces lo había visto jugar, así que su nivel era una incógnita), el "chato" Mondragón (pericotero como pocos... y livianito como muchos), y yo, el "gran" Jesús Abón (al igual que Vera, era una incógnita...nadie sabía a qué jugaba XD). Habían algunos más, pero no los recuerdo.

Nos armamos de valor, y nos convertimos en el segundo representante del tercer año...todos apostaban al equipo de "los elegidos" (llamémosle así a los de la primera elección), eran los más altos, los más fuertes, y los mejores con el balón. De nosotros se esperaba solo mucha entrega, y que no nos golearan...y así fue. El primer partido de los elegidos fue contra cuarto año, una victoria fácil para los nuestros. Nosotros jugamos contra el segundo año, con una ventaja supuesta en cuanto a contextura y años (digo supuesta porque había muchos repitentes mayores que nosotros). Lo ganamos con un único y gritado gol del gordo Marín.

El campeonato era larguísimo, se jugaba durante el recreo, y duró casi 6 meses. Hasta que al final, al sumar todo el puntaje y goles obtenidos, dos equipos pelearían la sagrada copa del colegio "Mario Florián": El terrible y temido Quinto Año y...nosotros.

Increíblemente, el equipo de los "elegidos" se desinfló a mitad de campeonato, y nosotros no habíamos perdido ni un solo partido. Cada uno de los integrantes del equipo había aprendido a jugar con lo poco que teníamos: el "Gordo" Marín aprovechaba ahora su corpulencia desmedida para desbaratar defensas. El "Chato" Mondragón jugaba ahora para el equipo, y ponía la cuota de habilidad. El "Lobo" Beltrán era un pasador neto de pelota, nexo entre la defensa y el mediocampo.

¿Yo? Pues lo que no tenía de técnica lo compensaba con entrega: me hice defensa, aprendí a marcar sin falta, y había desarrollado una resistencia sobrehumana contra patadas y pelotazos al estómago, evitaba el gol con todo lo que podía: Con la cara, con el pecho, con el estómago...y un muy doloroso etc. (Continuará)

martes, 21 de octubre de 2008

El Príncipe y la Osita (Parte 2 de 2)

Príncipe y Osita sobrevivieron a la pena de separarse de sus cachorros, y nosotros (mis hermanos y yo), los teníamos como parte de la familia y guardianes de nuestros juegos infantiles. Príncipe era un guardián neto y un poderoso guerrero. Muchas veces, cuando algún perro con muy malas intenciones intentaba atacarnos, Príncipe salía al paso...¡Y qué pelea se armaba! Nuestro amigo venció en todos los enfrentamientos y contra todos los rivales: Dobermans, Pitbulls, Pastores alemanes...no importaba quien le saliera al paso, nadie podía con él.

Vivimos miles de aventura junto a Príncipe y a Osita, paseos a la playa, salidas al parque, las típicas travesuras compartidas tan comunes entre niños y perros, en fin, tantas cosas que la web entera colapsaría si pudiera describirlas. Sin embargo, ni siquiera los niños estamos libres del dolor de perder a alguien cercano.

Una noche un par de ladrones intentaron meterse a la casa mientras todos dormían, algo que resultaba fácil teniendo en cuenta que el techo tenía varias grietas por las que un hombre pasaba sin mucho esfuerzo. Una vez dentro de la casa, los dos sujetos pensaron que todo era cuestión de tomar las cosas y salir...un ladrido vigoroso los sacó de su tranquilidad. Era Príncipe.

Lucharon, él los mordió y decidieron emprender la huída. El ruido nos despertó a todos, salimos corriendo de nuestras camas mis padres, mi abuela materna, mis hermanos y yo. Príncipe estaba parado frente a la puerta ladrando, erguido y majestuoso contra la luz de la luna. Cuando ya mis hermanos y yo nos acercábamos corriendo a felicitar a nuestro héroe, mi padre nos detuvo. En mi mente infantil entendí que algo andaba mal, Príncipe jadeaba, y sus ladridos eran más esforzados de lo normal.

Vi sangre en el piso y las lágrimas comenzaron a correr por mis mejillas, mis hermanos también lloraban. Queríamos acercarnos a abrazarlo, a decirle que todo estaría bien, a cuidarlo como tantas veces él nos cuidó a nosotros. Y también queríamos acercarnos a despedirnos, porque algo en el rostro de mis padres nos daba a entender la gravedad de la herida. Mi madre y mi abuela nos sujetaron de los brazos, lloramos y pataleamos, sin miedo a un castigo por insolentes. No pudimos lograr nuestro objetivo y terminamos en nuestro cuarto, llorando en nuestras camas.

Al día siguiente, Príncipe no estaba en la sala, corrí a buscarlo por toda la casa. Solo encontré unos trapos abultados, bajo ellos, yacía el cuerpo inerte de mi mejor amigo, lloré como un loco, preguntándole a mis padres que "por qué lo dejaron morirse". Años después mi padre me contaría que junto a mi madre pasaron toda la noche abrazados a Príncipe, intentando calmarlo, y que lloraron al verlo morir en tan triste agonía.

Acompañamos a mi padre a enterrarlo, a unos metros de la casa. Ya no lloramos, con la certeza de que un guerrero que muere peleando con honor, muere sin tristeza.

Y la pobre Osita, ¡si supieran cuanta tristeza es capaz de expresar un perro!, parecía un alma en pena dando vueltas sin razón por la casa. Me imagino su agonía, con su olfato tan desarrollado todos los olores le recordaban a Príncipe. Una semana después murió envenenada. La encontramos muerta en el mismo sitio que tantos años compartió con Príncipe. La enterramos a su lado. ¿Hay un lugar para el alma de los animales? No sé si exista, o si solo se convirtieron en energía, pero algo en la vieja casa de la abuela, me decía que estaban juntos de nuevo y para siempre.

martes, 16 de septiembre de 2008

El Príncipe y la Osita (Parte 1 de 2)

Yo tenía 6 años cuando él llegó a casa. Tenía el cabello castaño claro, porte dominante y señorial, mirada dominante y un andar que imponía respeto y simpatía. Su nombre era Príncipe. Era la mascota de mi tío paterno hasta que se quedaron sin espacio para tenerlo y lo mandaron para el taller de mecánica donde trabajaba mi padre, y donde además vivía con mis primos y tíos.

Príncipe tenía muchas particularidades, entre ellas, fue el primer (y único) perro monógamo que recuerdo. Cuando llegó a la casa, ya vivía con nosotros una pequeña perrita de nombre "Osita", de un delicioso color chocolate y mirada coqueta y juguetona. El flechazo fue instantáneo, andaban juntos de un lado para el otro, como una pareja de esposos, él cuidándola, y ella engriéndolo. Así pasara un harén de perritas en celo, él se mantenía firme a su lado, y en su época de celo, ella solo lo aceptaba a él.

Unas semanas después nos echaron del taller, el terreno había sido vendido y mi familia, junto a los primos y tíos con los que había pasado casi toda mi infancia, tuvimos que separararnos en busca de un lugar nuevo donde vivir. Nos mudamos, mi familia y yo, a la casa de mi abuela materna, a casi una hora del centro de Lima. La casa estaba ubicada en un cerrito no muy grande; estaba sin tarrajear y aún no había sido techada, por lo que las bolsas de plástico y las calaminas eran nuestra barrera protectora de la lluvia y el frío.

Príncipe y Osita se mudaron con nosotros, y allí tuvieron a su primera camada. Y en ese momento me di cuenta de lo especiales que eran. Cuando nacieron los cachorros, parecían una familia feliz, él siempre atento con ella, ella siempre cariñosa con él. Ojalá hubiera tenido una cámara en ese momento ¡habría grabado tantos detalles que las letras no me dejan plasmar!. Tres semanas después llegó uno de los momentos más tristes que recuerdo de mi infancia, los cachorros habían sido pedidos por varios de mis tíos. Los sacamos mientras Osita y Príncipe habían salido y subimos a toda prisa al viejo auto rojo con el que mi padre hacía taxi. Nunca nos había afectado entregar los cachorros...hasta ese día.

Ni bien había encendido el motor del vehículo, escuchamos cuatro pares de patas corriendo a toda velocidad tras nosostros: eran Príncipe y Osita. Con ladridos lastimeros nos siguieron hasta que las fuerzas los abandonaron. Aun retumban en mis oídos sus gemidos, tan tristes como el llanto de una madre al perder a su hijo. El regreso nocturno a casa estuvo cargado de melancolía, los perros tristes nos miraban suplicantes, y el cuadro era francamente desgarrador. Osita olía entre la cama de trapos donde hasta hace poco dormían sus cachorros, quizá con la esperanza de que alguno estuviera escondido bajo los harapos. Príncipe solo observaba el vacío...lloraron juntos toda la noche... (Continuará...)

lunes, 25 de agosto de 2008

Primer amor...

Tenía 7 años, y ella era mi compañera de clases. Se llamaba Yuli, y era la niña más coqueta de todo el segundo grado. Muchas veces se acercó a mi carpeta, y me miraba con ojitos soñadores para decirme cosas poco apropiadas para nuestra edad, como la vez en que, sentada en mi carpeta, me dijo: "¿Por qué no me besas?". No recuerdo exactamente las palabras, sí recuerdo que me reí como nunca ¿Besar a una niña? ¡Ni loco!.

Un día cerraron el colegio, y nunca la volví a ver, siempre me pregunto que habrá sido de su vida, si estará viva, si cumplió sus sueños. Algunas veces, ya adulto, tuve la tentación de buscarla, por la simple curiosidad de saber en quién, o en qué, se había convertido la niña que quiso robarme un beso a los siete años.

¿Si me arrepentí de no haberla besado? La verdad, no, sin embargo, es bonito pensar que a los 7 años una niña se moría por besarme. Y es jocoso pensar que a los 15, cuando el tema ya me importaba, los únicos besos que recibí fueron los de mi abuela cada tarde al despedirme para ir al colegio. Ironías de la vida le llaman.