Yo tenía 6 años cuando él llegó a casa. Tenía el cabello castaño claro, porte dominante y señorial, mirada dominante y un andar que imponía respeto y simpatía. Su nombre era Príncipe. Era la mascota de mi tío paterno hasta que se quedaron sin espacio para tenerlo y lo mandaron para el taller de mecánica donde trabajaba mi padre, y donde además vivía con mis primos y tíos.
Príncipe tenía muchas particularidades, entre ellas, fue el primer (y único) perro monógamo que recuerdo. Cuando llegó a la casa, ya vivía con nosotros una pequeña perrita de nombre "Osita", de un delicioso color chocolate y mirada coqueta y juguetona. El flechazo fue instantáneo, andaban juntos de un lado para el otro, como una pareja de esposos, él cuidándola, y ella engriéndolo. Así pasara un harén de perritas en celo, él se mantenía firme a su lado, y en su época de celo, ella solo lo aceptaba a él.
Unas semanas después nos echaron del taller, el terreno había sido vendido y mi familia, junto a los primos y tíos con los que había pasado casi toda mi infancia, tuvimos que separararnos en busca de un lugar nuevo donde vivir. Nos mudamos, mi familia y yo, a la casa de mi abuela materna, a casi una hora del centro de Lima. La casa estaba ubicada en un cerrito no muy grande; estaba sin tarrajear y aún no había sido techada, por lo que las bolsas de plástico y las calaminas eran nuestra barrera protectora de la lluvia y el frío.
Príncipe y Osita se mudaron con nosotros, y allí tuvieron a su primera camada. Y en ese momento me di cuenta de lo especiales que eran. Cuando nacieron los cachorros, parecían una familia feliz, él siempre atento con ella, ella siempre cariñosa con él. Ojalá hubiera tenido una cámara en ese momento ¡habría grabado tantos detalles que las letras no me dejan plasmar!. Tres semanas después llegó uno de los momentos más tristes que recuerdo de mi infancia, los cachorros habían sido pedidos por varios de mis tíos. Los sacamos mientras Osita y Príncipe habían salido y subimos a toda prisa al viejo auto rojo con el que mi padre hacía taxi. Nunca nos había afectado entregar los cachorros...hasta ese día.
Ni bien había encendido el motor del vehículo, escuchamos cuatro pares de patas corriendo a toda velocidad tras nosostros: eran Príncipe y Osita. Con ladridos lastimeros nos siguieron hasta que las fuerzas los abandonaron. Aun retumban en mis oídos sus gemidos, tan tristes como el llanto de una madre al perder a su hijo. El regreso nocturno a casa estuvo cargado de melancolía, los perros tristes nos miraban suplicantes, y el cuadro era francamente desgarrador. Osita olía entre la cama de trapos donde hasta hace poco dormían sus cachorros, quizá con la esperanza de que alguno estuviera escondido bajo los harapos. Príncipe solo observaba el vacío...lloraron juntos toda la noche... (Continuará...)
martes, 16 de septiembre de 2008
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